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Resulta demasiado obvio que lo relacionado con los hombres
lobo me gusta. Así que cualquiera esperaría que escribiera acerca de “Dos veces
lobo” siendo el libro de un escritor que conozco por otros de sus trabajos como
es “La leyenda de Leureley” en cuanto es publicado. Teniendo en cuenta que de esa primer novela con que lo conocí ya está desde hace rato la segunda parte a la venta.
No. Pues además de resolver mil y un asuntos en la vida personal y demás distracciones. Necesitaba dejar de pensar en Roberto Redondo de Paz
como Velkar, como el guía de las otras
autoras, o como mi amigo en varias conversaciones. Necesitaba ver fríamente la
historia.
Valió la pena la espera.
La historia de Noel en su llegada
al una realidad apenas imaginada por la mayoría de la gente es un enorme reto
que lo hace tratar de escapar de sí mismo sin imaginarse que su mera existencia
rompe con las reglas que se conocían desde hace milenios. ¿Cuál es el precio?
Algunos lo saben y eso lo ha convertido en un trofeo irreemplazable.
¿Qué es lo que se esconde en la experiencia de Noel? Quienes
alguna vez han visto películas de vampiros y hombres lobo pueden sentir
familiaridad con eso, más aún quienes han jugado “Vampiro, La Mascarada” o tal vez "Hombre Lobo Apocalipsis".
Si se ha visto y jugado así. ¿Para qué comprar un libro como
ese?
¡Para disfrutar otro punto de vista!
Uno más cercano a lo cotidiano, sin
exagerar en los poderes y capacidades, poniendo atención a las dos naturalezas
de los protagonistas, sus historias, deseos y temores.
Estaremos con alguien que lleva demasiado tiempo luchando contra lo que se le podría llamar destino. Pagado el precio de ambiciones ajenas, de su inocencia, de su amor, de toda su humanidad.
Se supone que la vida no da segundas oportunidades. Pero, ¿Si eso no fuera del todo cierto? ¿Si la vida decidiera imponer una segunda oportunidad?
Nada es lo que parece y aprenderlo pronto es vital. Siempre.
Así que recomiendo este texto que se lee en poco tiempo, se disfruta con cada página y se siente tan familiar como un paseo por la ciudad.
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Llevo tiempo deseando poder platicar acerca de lo que las fiestas de invierno significan. No en lo personal porque no soy alguien cuya existencia vaya a ser memorable, pero si desde mi experiencia, que es la de muchos.
Soy mexicana y de niña solía convivir con la gente de las universidades, los pueblos, los barrios y mi propia familia en las fiestas navideñas. En lo familiar estaba la cena, en lo comunitario las posadas. De las que encontré esta explicación.
Las Posadas son fiestas que se celebran durante los nueve días anteriores a la Navidad iniciando desde el 16 de diciembre, en ellas acostumbra romperse la tradicional piñata.
Los chinos solían hacer una piñata para celebrar el año nuevo; Marco Polo, en el siglo XIII, la trae a Italia y desde allí pasa al resto del continente. En el siglo XVI cruza el Atlántico y llega a México de la mano de España, tomando aquí la alegría y el color.
La piñata original mexicana es una gran esfera de la que salen siete picos. Los elementos principales del ritual colonial son cinco: la figura, la venda (que cubre completamente los ojos), el objeto para romperla, el conjunto de personas que guían la acción y, finalmente, la lluvia de dulces.
La esfera en sí representaba las tentaciones y los males del mundo, y los siete triángulos eran la alusión directa a los siete pecados capitales. El cubrimiento de los ojos simbolizaba la fe ciega en la Iglesia y en la ayuda de Dios, la cual estaba representada por el objeto usado para destruir todas aquellas cosas malas.
El conjunto de personas que solían ayudar a quien tenía los ojos vendados eran la representación que hacía alusión a esa colaboración incondicional que se debía encontrar en la sociedad para vencer los vicios mundanos. Finalmente, obtener aquellos dulces simbolizaba recibir los dones de Dios como premio por haber logrado vencer al pecado.
Para hacer una piñata se necesita una olla de barro que se unta con una capa de engrudo (harina de trigo cocida) para que la cubra por completo; luego, se le pegan trozos de papel periódico. Después, la imaginación y la destreza determinan las formas y los colores: estrellas, flores, barcos, frutas y vegetales. También podemos encontrar aeroplanos y payasos, y hoy en día, reproducciones de los héroes de moda de los niños.
Hay frutas especiales para rellenar la piñata: tejocotes, naranjas, limas, cañas y cacahuates..
Desde hace más de 450 años, generaciones de mexicanos han gozado con las piñatas y esta tradición está lejos de perderse. En la temporada navideña se pueden ver como adornos en calles, hoteles, restaurantes, comercios y, por supuesto, en las fiestas infantiles.
En el mural La Piñata, pintado en 1953, Diego Rivera da buena muestra de su maestría en el manejo del espacio, el color y la composición.
En él, el muralista refleja el sentimiento alegre del pueblo mexicano dentro de su diversidad cultural. Fue una obra realizada en la madurez del pintor en la que expone una mezcla de alegoría y folklore, y donde queda patente su gusto por lo mexicano y su afán por integrar al indio en la sociedad a través de su pintura.
Este mural puede ser admirado en el Hospital Infantil de México “Federico Gómez”.
Fuente: http://news.urban360.com.mx/110207/foto-de-la-semana-la-pinata-de-diego-rivera/
Falta hablar de los villancicos, las cenas y los aguinaldos, que eran bolsas de frutas juguetes pequeños y dulces llamados colación que se entregaban en bolsas para que ningún niño de la fiesta se quedara sin golosinas.
Falta hablar de los villancicos, las cenas y los aguinaldos, que eran bolsas de frutas juguetes pequeños y dulces llamados colación que se entregaban en bolsas para que ningún niño de la fiesta se quedara sin golosinas.
No se que tanto de esa tradición se ha perdido pues me mudé a una región donde hay otras celebraciones y la cercanía con los Estados Unidos influye mucho, además de los hábitos individualistas de la gente y la violencia que domina al país haciendo que el miedo detenga muchas iniciativas.
Lo que se es que a pesar de no ser alguien sociable quiero ayudar a recordar a la gente que estas festividades hablan precisamente de eso. De ayudarnos mutuamente en tiempos oscuros.
Eso se ve en ritos católicos como este, o paganos como Yule. Del cual existe una clara y bien investigada explicación con muchos de los rasgos que se comparten de los vikingos y nuestras festividades actuales en este enlace:
http://mystoryofhistory.wordpress.com/2013/12/21/yule-o-la-navidad-de-los-vikingos/
Respecto al padre invierno conocido por la mayoría como Santa Clós (Si así aunque se vea feo) aquí hay un buen lugar para saber de él:
Y una tonada que me gusta
.
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Hace meses me enteré de este niño en facebook y traté de ayudar un poco aunque sea promoviendo su caso.
http://alyana-wolf.blogspot.mx/2012/07/ayuda-gera-no-perder-la-pierna.html
Ahora Gerardo tiene más problemas y necesita dinero para poder salir adelante.
Gerardo Castañeda es un niño de 13 años de edad, en octubre de 2012 se le opero para salvar su pierna poniéndole un injerto de hueso y prótesis.
Actualmente esta presentando problemas de reblandamiento de hueso, y requiere otra cirugía de manera URGENTE el día de mañana para colocarle cemento para hueso, esta operación tiene un costo de $50,000.00 pesos, por lo cual acudimos a ustedes para solicitar de su apoyo y solidaridad.
Pueden comunicarse a AMANC a los tels: (614) 411 13 16 y 426 74 00 o en nuestras instalaciones en Av. Zarco N.2836 entre la estación de bomberos y el Palmore por la acera de enfrente, o sus donativos a la cuenta HSBC 4020197281 contamos con recibos deducibles de impuestos, si depositas con tu ficha de deposito puedes ir a AMANC y te entregamos el recibo o directamente aquí y nosotros lo depositamos.
https://www.facebook.com/pages/Amanc-Chihuahua/173454779332771
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Esta caricatura resume lo que escribo.
![]() |
| https://www.facebook.com/Canicaturas?ref=ts&fref=ts |
No escribí acerca del IVA al alimento de los animales a
pesar de que me gustan tanto el tema de la política como el de las mascotas
porque pensé que los que se levantan a gritar por cada tropiezo de nuestro
presidente, aburriendo con sus quejas hasta porque se equivoca en pronunciar
una palabra en un discurso, unirían su voz a la de las asociaciones dedicadas a
la protección de animales porque ese tema afecta a todos.
Obviamente cada quien tiene su propia batalla y las asociaciones protectoras de animales terminaron por unirse aunque sea por ese
tema en "Juntos somos su voz", sabiendo que a pesar de que sus metodologías para ayudar a que cada vez
menos animales de compañía terminen siendo un problema de salud y convivencia
en todas las poblaciones, el tener que pagar 16% en la compra de comida hará
que los donativos en efectivo rindan menos y los que son entregados en especie
prácticamente desaparezcan. Que los dueños opten por abandonar más animales
antes que tener que aumentar sus gastos y que eso sea un efecto dominó en
cuanto a posibles plagas de animales callejeros.
A mayor cantidad de animales callejeros, mayor suciedad,
posibilidades de agresiones a la población humana, focos de infección y la
necesidad de más centros de control y mayores gastos en métodos de eliminación.
Eso como mero comentario.
Tener un animal es una muestra de la capacidad de gasto de una
familia. Un objeto de lujo pues solamente sirve para compañía.
Algo así dice el argumento por el que se creó ese impuesto.
Como dije, las asociaciones confiaron en que nuestro país se
maneja por Tres Poderes:
El ejecutivo dijo ese absurdo y realmente pasé semanas
esperando que la gente que le endilga el compro de votos dijera que esas
palabras demostraban que el presidente piensa que hasta el cariño de las
mascotas se compra, o cualquier burla de esas.
Esperamos a que los partidos de oposición demostraran que
basta con salir a las comunidades para probar que el perro y el gato siguen
siendo parte de los métodos de protección básica de las familias, el perro en
cualquier barrio, el gato en las bodegas,
ambos alertando de ladrones y acabando con el riesgo de plagas de ratas
y ratones.
Se hicieron las
clásicas reuniones de expertos y grupos con los diputados y senadores, nuestro
Legislativo. Pero está confirmado que no tenían el menor interés en atender
esas explicaciones, aunque hayan sido muy corteses en fingir que sí.
![]() |
| https://www.facebook.com/photo.php?fbid=533009263455203&set=a.518854258204037.1073741829.513895488699914&type=1&relevant_count=1 |
Me desvelé escuchando lo que los seis senadores presentaron
como defensa a la negativa al IVA en los alimentos para animales y confirmé mis
temores. No prepararon discursos con datos que demostraran que era un pésimo
negocio para el país aprobar esa iniciativa. Peor resulta que se haya discutido
en plena madrugada y después del peleadísimo debate acerca del aumento al
impuesto en las fronteras.
De todas maneras voy a agradecerles a esos senadores, pues
al menos hablaron del tema:
Mariana Gómez, Francisco Domínguez y José Luis Preciado del
PAN.
Lorena Cuéllar Cisneros y Mario Delgado Carrillo, del PRD.
Mónica Arreola Gordillo del PANAL.
Mario Delgado presentó datos interesantes: 58% de la
población mexicana tiene mascotas según la consulta Mitowski y según el INEGI
$300 pesos mensuales es lo que normalmente gasta esa población en alimentar a
sus mascotas además de otros gastos que les generan.
El resto gastó el tiempo hablando acerca de que los animales
de compañía ayudan a las personas a no sentirse solas, contra la depresión y
blablablablabla. ¡Estaban fortaleciendo el argumento del presidente acerca de
que son sólo un bien!
No recuerdo si fue Francisco Domínguez o Mariana Gómez quien
mencionó al final de su sermón otro dato valioso. La existencia de los perros militares y policiacos que sirven para detección de drogas, armas y detención
de sospechosos sin poner en peligro a sus contrapartes humanas y cuyas partidas
presupuestarias van a salir dañadas, generando que muchos de esos animales sean
desechados o atendidos con alimento de menor calidad.
En todos los casos se habló de los perros de terapia y
servicio como los lazarillos, pero no con la pasión necesaria. No agregaron los
daos relacionados con el ahorro que lleva tener esos animales en lugar de tener
que modificar todas las instalaciones para aquellos con discapacidades visuales
o de otra clase y que son auxiliados así.
Respecto a Mónica Arreola. Debería decir que fue lamentable
que su discurso fuera cortado. Pero la verdad es que era de tan baja calidad
(digna de un niño de primaria de esas que tanto se usan en “De Panzazo”) que en
la toma de pareo hecha se vio cómo la ignoraban. Hubo un senador que reclamó el
respeto que ella debió exigir al notar que hablaba para nadie.
Y fue cuando el senador José Luis Preciado declaró que el
PAN se retiraba al ver que los acuerdos ya estaban establecidos de antemano y
blablablabla.
Se aprueba el IVA por parte de los senadores, pasa a los diputados y queda establecido en muchas menos horas de las dedicadas por las
asociaciones para explicar a la población el porqué es mala idea.
He optado por escribir del tema porque es una de muchas
anécdotas que se pierden en la vorágine actual.
No les niego a los senadores
que tenían razón al decir que para muchos de nosotros las mascotas son parte de
la familia. Pero me habría gustado que hicieran bien su trabajo, se quedaran
hasta el último momento a luchar y buscaran el tipo de discursos que en verdad
explican por qué este impuesto es un mal para la comunidad.
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Hace ya unos años mi mejor amiga me
prestó el libro “Mujeres de ojos grandes” Este 25 de octubre de 2013 tuve el
gusto de escuchar a Ángeles Mastretta platicando un poco de sus experiencias y
partecitas de sus libros. El salón donde dio la conferencia está en el núcleo
del edificio más viejo de la universidad de Chihuahua, usado también para
conciertos. El motivo de su llegada fue el cierre de eventos de la XXXV Semana
del Humanismo de la facultad donde pasé varios años con mi amiga.
Realmente no tenía pensado ir, traigo
asuntos sin resolver conmigo misma. Pero en un impulso que viene de esa eterna
curiosidad, terminé sentada en el piso del pasillo a unos pasos del tripie de
los camarógrafos de la prensa estudiantil, observando un sitio lleno de gente
que, si no la ha leído, por lo menos ha sabido de esa escritora.
Así que aquí pueden oírla en un minuto de su plática.
Ángeles Mastretta llegó escoltada por mi
ex compañero de facultad que ahora tiene la responsabilidad de ser el director.
Con un “Ya llegué” se ganó los aplausos de bienvenida reglamentarios. No me
acuerdo de si lo hizo justo después de que una encargada de los eventos hizo su
discurso acerca de la invitada porque me aburrió tal como solían aburrirme sus
clases cuando todavía estaba obligada a ponerle atención.
A la señora Mastretta el podio le quedó
grande. No se si fue parte de los trucos de teatralidad necesarios para esos
casos o en verdad no imaginaron que podía haber alguien de su estatura, en
plena lectura inicial se interrumpió dos veces por la llegada del banco que
pidió para poder ser más visible, alcanzar con comodidad el micrófono y notar
al público durante sus lecturas. Los lentes enormes y naranja estilo los
setentas y sus múltiples gestos de broma me llevan a pensar que es lo segundo.
Si por un segundo pensaron que me refería a que no era buena dando conferencias
lamento decir que la verdad es otra.
Ella misma dijo que había aprendido a
pensar sus conferencias como los artistas hacen con la gira de sus conciertos.
Es ya una persona que hace giras para presentar libros y esas cosas, había
conseguido éxito comercial, por eso había estado antes en Tijuana, otro poblado
antes y que para este fin de semana regresaba a casa. Que por eso eligió
fragmentos de sus libros, como un cantante lo hace con las canciones de sus
discos más vendidos.
Su discurso acerca de jugar con lo que
pasó, con lo que está viviendo, con lo que le gustaría vivir, con los hubiera
de quienes conoce. Me gustó mucho, no por su originalidad sino porque en ese
momento me recordó lo que vi en un concierto, al músico jugando con sus
elementos, la luz, la danza, los ritmos, la voz y la energía de la gente
fascinada. También porque es precisamente lo que decimos algunos cuando
contactamos a los personajes y a los lectores base.
No importa cuántos escritores lo digan,
ni cómo lo hagan. Esa es la parte inexplicable.
“No estamos distraídos, estamos
profundamente concentrados en otra cosa” es un buena frase que creo dijo así.
Hablo de estar plenamente en la Luna. De esa angustia que sólo iniciar con un
libro justo después de terminar otro puede calmarla. Angustia que pertenece
tanto al lector empedernido como al escritor o al cinéfilo.
Tenemos aquí una pausa que pertenece
tanto a mi mala memoria como al recuerdo de uno de los cuentos que ella leyó.
Esa capacidad de vivir con varios amantes en la mente de un personaje de sus cuentos, una tía con fama de fiel que
terminó platicando con otra acerca de sus fantasías.
No es de mis cuentos favoritos de
“Mujeres de ojos grandes” pero sirvió bien de referencia.
No estoy segura si fue en este punto que
habló acerca de los conversadores y ese brevísimo límite que existe entre
diálogo y chisme, entre compartir información y ser un intruso. Platicó el caso
de cuando una mujer aconseja a una perfecta desconocida cerca de cómo escoger las
mejores lechugas justo al verla agarrar una de las superficiales y que
avergüenza a los hijos por ser tan “metiche”. La historia de una mujer que
llamando a un gimnasio conoció a otra de sus partes, alguien que estaba
dispuesto a platicar con ella todo acerca de lo perfectamente cotidiana que es
la vida. Ese trocito me recordó una
vieja película “Tienes un e-mail” pues precisamente comentó que ahora los
conversadores son cada vez menos con tantos mensajes breves y tarjetas
prefabricadas que todos se comparten en internet sin hacer el esfuerzo de
pensar otra idea.
También contó la anécdota de cuando
batalló con la palabra precisa para describir el jabón con que un hombre de
hace casi dos siglos bañaría a su hijo. La respuesta jabón “Dove” que
obviamente haría completamente inverosímil para un lector que se estuviera
hablando de ese año, cuando se usa en la actualidad así que tuvo que usar “un
jabón que se importaba en esa época. Otro ejemplo, cuando su tatarabuelo mandó
la carta al futuro suegro pidiendo la mano de su prima. El trato hiper
respetuoso que tenía el escrito y el hecho de que eran parentela, contrastando
con que ella avisó a sus padres que se mudaba en unos días con un músico que no
tenía nada que ver con los estándares de la familia. Ahí explicó acerca de la
necesidad de poder informarse bien acerca de un tema para poder guiar al lector
entre los tiempos y los lugares que se están recorriendo.
Es cierto que hacer memoria y estar
frente a la hoja en blanco es todo un reto. Estoy tratando de no decir que me
aburrió tanto artilugio para que la gente aplaudiera frente a la pausa precisa,
y con eso deseché varias de las supuestas anécdotas personales.
Afortunadamente una estudiante preguntó
si dejaría el discurso para que pudiera ser reproducido. Así que quien quiera
pedirlo puede contactar a la facultad de Filosofía y Letras de la UACH. En este
blog está solo mi experiencia de ese momento y enlaces que pueden servir para
entender por qué fue tan llamativa la presencia de esa mujer. Fue “encantador”
poder escuchar esos fragmentos en su propia voz y puedo quitarle las comillas
al gusto de un momento con alguien que lleva ya mucho más camino recorrido.
Platicar que sus primeros pasos como
escritora fueron en el periodismo y que resultó por andar inventando noticias,
que luego se convirtió en articulista (donde se tiene más espacio para detallar
ideas e inventar detalles) y que terminó dándose cuenta que podía ganar dinero
con eso había sido cosa de terquedad. Que no pensó en ser escritora porque
cuando ella tenía 19 años murió su padre y debía centrarse en cuestiones tan
mundanas como la comida y el pago de otras necesidades. Esa fue una respuesta a una de esas preguntas
obvias.
Lo de la hoja en blanco como uno de los
más grandes problemas que ha tenido como escritora y el hecho de que se tiene
que escribir SIEMPRE aunque sea una pequeña escena, un diálogo, un comentario
de otro texto, ¡Lo que sea! Es imprescindible para no caer en la vacía sorpresa
de que el tiempo pasó sin que la vida se perciba. La historia de una
adolescente que llora al perder al “amor de su vida” hasta ese punto de su
existencia y cómo no se trató de que al llamarlo por teléfono contestara la
actual novia, ni la posibilidad de que tuviera relaciones sexuales, sino que al
entrar la llamada estaban viendo juntos la televisión, y aunque esa anécdota
fue de las iniciales es demasiado parecida a otra aparecerá más adelante.
Habló cuestiones de su edad. De los
hubiera que ahora tiene, de los retos que la esperan.
El mensaje es claro. “CARPE DIEM” y la
manera me recordó mucho el discurso de los protagonistas de “Titanic” versión
James Cameron. Muy a pesar de que ella citara un conjuro de uno de sus
personajes y el hecho de que, como texto, era ampliamente corregible ahora que
ella tiene más experiencia que cuando lo publicó.
Mucho agradecer a los fans. Bonito. Las
tres preguntas del público, predecibles, de manual. Tanto que la primer
pregunta es esa del mayor reto de ser escritor y la segunda, la de si desde
joven pensaba en escribir profesionalmente. La primera la anticipó ella, algo
acerca de su concepto de la muerte.
No le hice caso, mencionó algo de ser
enterrada bajo una jacaranda.
Rato atrás había comentado de cuando su
hijo tuvo un accidente del carro y los llamaron para que fueran ahí, cómo el
mundo se detuvo hasta que vieron al muchacho sano y a salvo. El concepto de
regalo de la vida, felicidad. Como cuando se encontró con que su hija creció
pero seguía cerca de ella. La anécdota es de una noche que al terminar pasó
junto a los cuartos de los hijos y los recordó de pequeños, deseando poder
volver a ver una película con ellos “La historia sin fin” con el dragón perro
(que no es blanco señora, es doradito) y que tanto tiempo ha pasado desde que
la vieron que posiblemente el niño protagonista ya tiene sus propios niños;
acercarse al cuarto y descubrir a la hija con el novio viendo “La Guerra de las
Galaxias” y cómo la invitó a quedarse a verla con ellos pero con el tono de “te
doy permiso” que se supone deben usar los padres con los hijos.
Algo platicó de cantar con su amigo
Joaquín Sabina. Por eso dejo el enlace de una de las canciones que me gustan de
él, la anécdota no me significó tanto.
Sólo me recuerda a un amigo y sus muchas historias.
Y aquí quedamos. Como no tenía pensado
ir a la conferencia no tenía nada que ella pudiera firmar. Tenía la opción de
que me firmara una de mis novelas (broma privada, pues se que eso es de las
cosas más molestas posibles) el “hubiera” de buscar el libro de ella pero se
que lo devolví (cosa rara en mí) porque amo a mi amiga. O, como suelo hacer
desde pequeña, apostar al momento y agarrar una de las hojas con que se
apartaron los asientos de los invitados especiales y conseguir el autógrafo
para mi amiga y para mí.
Capturar el momento con los sellos del
evento en las hojas de reservar los asientos que iban a ser desechados.
Después de todo, para variar, la gente
no puso atención al discurso de cierre del evento por parte del director de la
facultad por andarse organizando en la fila de firmar el libro o libros que
llevaban y por desear irse cuanto antes.
Y para variar, ni mi nombre ni el de mi
amiga fueron bien escritos por una escritora que habla de disfrutar el instante
y valorar las oportunidades pero que no soportó la idea de que alguien agarrara
potencial basura para unos trazos de su puño y letra.
A ninguna de las dos importa realmente.
Ya disfrutamos de lo que escribió sin saber de nuestras existencias.
Y la
travesura ya es parte de su historia pues hubo otras personas que siguieron mi
ejemplo, tal como cuando repartí las flores del arreglo de nuestra graduación,
por el mero placer de saber que nadie más se había animado.
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Uno de los cuentos de la escritora Angeles Mastretta en el libro "Mujeres de Ojos Grandes"
Hubo una tía nuestra, fiel como no
lo ha sido ninguna otra mujer. Al menos eso cuentan todos los que la
conocieron. Nunca se ha vuelto a ver en Puebla mujer más enamorada ni más
solícita que la siempre radiante tía Valeria.
Hacía la
plaza en el mercado de la Victoria. Cuentan las viejas marchantas que hasta en
el modo de escoger las verduras se le notaba la paz. Las tocaba despacio,
sentía el brillo de sus cáscaras y las iba dejando caer en la báscula.
Luego,
mientras se las pesaban, echaba la cabeza para atrás y suspiraba, como quien
termina de cumplir con un deber fascinante.
Algunas de
sus amigas la creían medio loca. No entendían cómo iba por la vida, tan
encantada, hablando siempre bien de su marido. Decía que lo adoraba aun cuando
estaban más solas, cuando conversaban como consigo mismas en el rincón de un
jardín o en el atrio de la iglesia.
Su marido
era un hombre común y corriente, con sus imprescindibles ataques de mal humor,
con su necesario desprecio por la comida del día, con su ingrata certidumbre de
que la mejor hora para querer era la que a él se le antojaba, con sus euforias
matutinas y sus ausencias nocturnas, con su perfecto discurso y su prudentísima
distancia sobre lo que son y deben ser los hijos. Un marido como cualquiera.
Por eso parecía inaudita la condición de perpetua enamorada que se desprendía
de los ojos y la sonrisa de la tía Valeria.
—¿Cómo le
haces? —le preguntó un día su prima Gertrudis, famosa porque cada semana
cambiaba de actividad dejando en todas la misma pasión desenfrenada que los
grandes hombres gastan en una sola tarea.
Gertrudis podía tejer cinco suéteres
en tres días, emprenderla a caballo durante horas, hacer pasteles para todas
las kermeses de caridad, tomar clase de pintura, bailar flamenco, cantar
ranchero, darles de comer a setenta invitados por domingo y enamorarse con toda
obviedad de tres señores ajenos cada lunes.
—¿Cómo le
hago para qué?— preguntó la apacible tía Valeria.
—Para no
aburrirte nunca— dijo la prima Gertrudis, mientras ensartaba la aguja y emprendía
el bordado de uno de los trescientos manteles de punto de cruz que les heredó a
sus hijas—. A veces creo que tienes un amante secreto lleno de audacias.
La tía
Valeria se rió. Dicen que tenía una risa clara y desafiante con la que se
ganaba muchas envidias.
—Tengo uno
cada noche— contestó, tras la risa.
—Como si
hubiera de dónde sacarlos— dijo la prima Gertrudis, siguiendo hipnotizada el ir
y venir de su aguja.
—Hay—
contestó la tía Valeria cruzando las suaves manos sobre su regazo.
—¿En esta
ciudad de cuatro gatos más vistos y apropiados?— dijo la prima Gertrudis
haciendo un nudo.
—En mi pura
cabeza— afirmó la otra, echándola hacia atrás en ese gesto tan suyo que hasta
entonces la prima descubrió como algo más que un hábito raro.
—Nada más
cierras los ojos —dijo, sin abrirlos— y haces de tu marido lo que más te
apetezca: Pedro Armendáriz o Humphrey Bogart, Manolete o el gobernador, el
marido de tu mejor amiga o el mejor amigo de tu marido, el marchante que vende
las calabacitas o el millonario protector de un asilo de ancianos. A quien tú
quieras, para quererlo de distinto modo. y no te aburres nunca. El único riesgo
es que al final se te noten las nubes en la cara. Pero eso es fácil evitarlo,
porque las espantas con las manos y vuelves a besar a tu marido que seguro te
quiere como si fueras Ninón Sevilla o Greta Garbo, María Victoria o la
adolescente que florece en la casa de junto. Besas a tu marido y te levantas al
mercado o a dejar a los niños en el colegio. Besas a tu marido, te acurrucas
contra su cuerpo en las noches de peligro, y te dejas soñar...
Dicen que
así hizo siempre la tía Valeria y que por eso vivió a gusto muchos anos. Lo
cierto es que se murió mientras dormía con la cabeza echada hacia atrás y un
autógrafo de Agustín Lara debajo de la almohada.
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Este texto ya está publicado en la revista "Metamorfosis" de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua.
La
niña más pequeña chocó con él mientras corría con su vestido de princesa ya
manchado por unas marcas de dedos sucios de chocolate, la bolsa llena de dulces
traqueteando al chocar con sus rodillas y los grititos de emoción de los otros
niños que trataban de alcanzarla se unieron a los ladridos de los perros de la
colonia. El escándalo que año con año molestaba a los más viejos que insistían
en negar la llegada de las fiestas de Halloween a la vida cotidiana, para ellos
la verdadera tradición era Día de Muertos. Para Fernando lo mismo daba. Solo
que en ese momento le molestó en verdad ver a la mujer que acompañaba los críos
disfrazada con un vestido negro, sombrero de pico y accesorios plateados con
forma de Luna. Demasiado vieja ya a sus treinta como para querer seguir el
juego, ridícula. ¡Peor aún! Traía con ella y en medio de los niños un perro
lanudo, tal como el que le había costado una multa de varios miles de pesos
sólo por matarlo.
La
bruja se le quedó viendo muy fijamente y Fernando estuvo seguro que era una de
esas escandalosas de las “sociedades protectoras de animales”. Los niños se
adelantaron jugando a comparar sus trofeos y ella quedó a menos de un metro
cuando el perro ladró. Fernando levantó el pie para patear al escandaloso
animal cuando ella puso una mano sobre su hombro, apretando los dedos en algo
que parecía el esfuerzo por trazar un dibujo.
—¿Qué
estás haciendo? —Fernando la aferró de la muñeca y le torció el brazo hacia
atrás, forzándola a inclinarse. El cachorro comenzó a gemir tratando de
escabullirse y los niños se paralizaron
un momento con los ojos completamente abiertos. Las caritas angustiadas en un
gesto cercano al llanto. Poco después la soltó, al alcanzar a percibir el
crujido de los dientes apretados de su prisionera. Era obvio que no quería
mostrar el miedo y el dolor que sentía para que los niños no se desbandaran. — ¿Crees que tengo el más
mínimo sentido de conciencia o culpabilidad? ¡Por favor! Sólo un idiota
pensaría que yo voy a agarrar conciencia sobre un animal tan despreciable como
lo es el perro. ¡Déjenme en paz!
Con
la cabeza baja se alejó de él acomodándose las mangas para reunir a los
niños. El perro cojeando la alcanzó sin
poder evitar gruñirle a Fernando al pasar cerca.
—¡Solo
era un estúpido chucho! — Gritó Fernando haciendo que los niños comenzaran a
llorar.
Extrañamente,
la mujer volvió sobre sus pasos y los niños la siguieron como si fuera una
corte de duendes. — No te burles, no insultes lo que no conoces, porque podrías
arrepentirte. — Dicho esto, soltó al perro de la correa y los niños corrieron
tras él, totalmente olvidada la escena de su niñera lastimada. Pero en el vuelo
de las mangas de la bruja Fernando vio claramente cómo la silueta de su mano se
iba dibujando en un tono rojizo, y el leve temblor de la piel. Como siempre,
hasta los que trataban de enfrentarlo le tenían miedo. Se sabía grande física y
mentalmente. No como esos tontos e hipócritas disfrazados de compasivos.
Ella se alejó en silencio. Los gritos de los
niños pidiendo “dulce o travesura” puerta por puerta volvieron a oírse. Un
nuevo grupo pasó del otro lado de la calle. Fernando siguió su camino. Estaba
por llegar a casa cuando las luces de la ciudad se apagaron. El silencio se
extendió como el manto de oscuridad, Fernando habría esperado gritos de
sorpresa o miedo a la distancia, cláxones, ladridos, lo habitual. Pero nada
pasó por unos segundos. Hasta que se dio cuenta que la ciudad parecía otra,
vacía.
A pocos metros, una lámpara funcionaba lo
suficiente para que Fernando pudiera distinguirse a sí mismo, solo. Caminó
hasta única luz y descubrió que detrás de él las sombras se profundizaban. Un
nuevo sonido llegó, agua corriendo, un río. Y sobre su cabeza, donde debiera
estar el aviso de la calle, solo una palabra “Mictlán”.
Mientras trataba de encontrarle sentido a
todo eso. Fernando supo que tenía compañía. De las sombras una silueta se
acercaba dando rodeos, apenas diferenciada por los brillantes ojos que lo mismo
parecían llamear que reflejar el frío del hielo.
—¡Quien eres! — Gritó Fernando mientras
tomaba la postura más intimidatoria que podía. Sabía que sus cien kilos y su altura
le ayudaban, pero no lograban entender lo que sucedía.
Una risa grave y baja fue toda su respuesta.
Parecía como si la sombra saboreara el miedo de Fernando. Peor aún, que sabía
que tenía todo el tiempo a su merced para degustar esa situación.
— ¡Donde estoy! — Fernando instintivamente
se acercó a la lámpara sintiéndose cada vez más ridículo.
—
¿No sabes leer? — Oyó la voz burlona, ahora
en su mente. Fernando se concentró lo más que pudo en recordar, pero no conseguía
pensar más que en que debía ser un sueño. —No importa lo que creas.
Esto es Mictlán. . . ¡Y tú eres mío! —Con un rugido la sombra saltó sin que
Fernando pudiera distinguir si era humana o animal.
Los huesos de las piernas y la cadera de
Fernando quedaron hechos pedazos en instantes sin que el dolor le permitiera
saber si fue por mordeduras, el impacto o los golpes recibidos. El arco de luz
que él creía una protección realmente era solo el marco de su jaula pues ahora
estaba incapacitado para salir. Tanto por el daño recibido como por el terror
de lo que le esperaba en la oscuridad.
La sombra seguía ahí. Riéndose de él.
Rondándolo. Permitiéndole sufrir ese primer agravio y saber que le esperaban
más. El suelo bajo el cuerpo de Fernando se fue tiñendo de un tono más oscuro
mientras su sangre se deslizaba lentamente hacia el río que alcanzaba escuchar
pero no conseguía ver. El tiempo perdió sentido, en su celular la hora seguía
marcando las siete cuarenta y cinco de la tarde, tal como la primera vez que lo
consultó pese a que hacía mucho más que se había cansado de contar hasta
sesenta, una y otra vez, mientras buscaba controlar el dolor.
Decidido a sobrevivir. Fernando se aferró al
poste con ambas manos, apoyando el peso en la lámpara mientras trataba de
erguirse, confirmar el grado de sus lesiones y buscar alguna manera de moverse.
Ya no dudaba, todo era terriblemente real y no le quedaba más que encontrar un
modo de escapar de la sombra. La cadera estaba muy dañada, una de las piernas
tenía marcas de cortes y los huesos destrozados, todo movimiento que trataba
con esa extremidad le significaba calambres, una tortura. La otra pierna sólo
parecía amoratada, aunque no podía estar seguro sin levantarse bien y dar el
primer titubeante paso. Una mano sobre otra, con todos los músculos tensos por
el esfuerzo y la tensión nerviosa, subió centímetro a centímetro. Podía
escuchar su propio pulso como tambores de guerra en los oídos, su respiración
con el susurro del río.
La
carcajada de la figura al volver a saltar, el crujir de los huesos en las costillas,
su propio alarido cortado de golpe. Probó su sangre justo antes de perder la
conciencia.
Cuando despertó un hombre de aproximadamente
cincuenta años lo estaba vendando con trozos de camisa. El olor a parafina,
copal, tabaco, tierra y humedad era un perfume embriagador, que reanimó aún más
a Fernando.
—
¡Pobre muchacho!
—
Exclamó el hombre — ¿Cuánto hace que no comes? Toma aquí mis hijas me dieron unos tamales
y puedo compartirte.
—
¿Cómo llegó
usted…? — Susurró Fernando mientras se sentaba sin poder reprimir una expresión
de asco al ver los tres perros que permanecían echados justo al borde de la
luz.
— ¡Pues como tú!
¡Muriéndome! —Con una risotada el hombre le ofreció un trago de tequila — Este es mi primer año que
puedo regresar a visitar a la familia. Mi nombre es José ¿Y tú eres?
Solo después de varios tragos al tequila
Fernando pudo observar con atención a su nuevo acompañante. La flor amarilla en
el bolsillo de la camisa, el morral con comida y otros objetos, la veladora, la
cicatriz en el cuello, el pelo revuelto. Para su desgracia todo cobraba cada
vez más sentido. — Fernando — Le respondió tratando de no delatar su
miedo, ni el asco que los perros detrás de José le producían. Callejeros de
raza indefinible, pelo corto y tieso, sucios y de mirada altanera. Más allá de
ellos, los ojos llameantes de la sombra.
— ¡Mucho gusto Fernando! Te
voy a dejar mi bastón porque parece que lo necesitas más tú. Pero ya no puedo
darte otra cosa porque me falta todo un año para volver y no se si mis hijas
podrán dejarme tantos regalos para el siguiente “todos santos”.
—Como... ¿Cómo pudo cruzar
la oscuridad? Su veladora no ha de iluminar tanto como el farol, señor José. — Fernando notó el castañeo
de los dientes mientras hablaba, ni siquiera el tequila calmaba sus nervios. No
sabiendo que en cuanto quedara solo, ese ser volvería.
— Ese es trabajo de los
perros. — José se levantó, los animales se formaron en escolta silenciosa. —Sin uno que te guíe, jamás
podrás cruzar el río. Ni de ida, ni de vuelta.
Las pisadas de los animales y José se fueron
desvaneciendo, lo mismo que la brevísima luz de la vela mientras se adentraban
en el camino. Fernando trató de no llorar. ¿Estaba muerto? No sabía. ¿Eso era
todo? Por un estúpido perro ahora era la víctima de algo que se escondía en la
oscuridad del infierno.
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| Foto obtenida en http://www.onlinephotographers.org/sp/foto/5952/ |
— ¡Todo esto por un
estúpido perro! — Fernando se levantó. Cruzó los brazos para mostrarse mucho más seguro
de lo que sentía.
— No.
— ¡Entonces qué! Carajo. — Fernando se lanzó a
golpear a su verdugo. Toda la desesperación se transformó en violencia. La
adrenalina se disparó, y hubo un momento de pura euforia cuando su puño
consiguió tocar algo sólido. Sólo ese chispazo le fue posible. El resto de lo
que el tacto le dio fue la multiplicación de las lesiones. La sombra cortaba,
golpeaba y se movía apenas permitiendo que Fernando tuviera tiempo de respirar
y gritar. Él sabía que a veces lograba sujetar algo semejante a tela, o pelo,
golpear un cuerpo ajeno, pero era como si un ratón tratara de noquear un puma.
Cuando la sombra regresó al borde de la luz, Fernando era un bulto
ensangrentado, un cuerpo inservible cuya cabeza todavía funcionaba, sentía y
buscaba la forma de acabar con tanto sufrimiento. Con el rostro empapado de
lágrimas, comenzó a suplicar, odiando su voz agudizada, la impotencia.
— ¡Termina! ¡¿Que esperas?!
Ya te divertiste. ¡Por favor!
Una pequeña sonrisa, apenas una mueca fue la
respuesta del ente.
— Ni un perro merece esto. — Con la cabeza entre las
manos Fernando se rindió a su destino. Ahogándose en gemidos esperó lo
inevitable. Hasta que recordó lo que le dijo José. Ya estaban muertos. — ¡Maldición!
Las carcajadas de la sombra corearon el
lamento de Fernando. El brillo en los ojos, su distintivo, se avivó. Realmente
parecía complacido. — Si tú no lo remataste.
¿Por que debiera hacerlo yo?
— ¡Era solo un animal! A
nadie le importaba. — Fernando trató de argumentar, de enfurecer a su adversario para que lo
rematara. Tal como pasó cuando los animalistas trataron de “hacer justicia”.
— Lo mismo siento por ti. — De nuevo la risa.
Después, más silencio.
—
Ya no me queda
nada.
— ¿Dices que nada te queda?
— La
voz melosa del ente estaba tan llena de amenazas como el chisporroteo de sus
ojos. --- Estas equivocado. ¡Te quedan los dientes!








